Un encuentro inesperado
Aquella tarde caminaba por las calles de Arequipa con Clarence en su correa. El sol caía oblicuo sobre las fachadas blancas de sillar, y cada paso parecía resonar más fuerte de lo normal. Era un día cualquiera, hasta que de pronto, entre la gente que iba y venía, lo vi. Por un segundo pensé que mis ojos me jugaban una trampa, pero no. Era él. Y en el mismo instante, sus ojos me encontraron también. En nuestras miradas se mezclaron la confusión, la alegría y esa nostalgia profunda que solo nace de los recuerdos compartidos. No hubo necesidad de palabras: un abrazo largo y sincero nos reunió en medio de la calle, como si el tiempo no hubiera pasado. Clarence, siempre sabio a su manera, se acercó sin reservas y se frotó contra su pierna, como reconociendo a alguien que alguna vez fue parte de nuestra historia. Ese gesto simple me conmovió; fue como si mi pequeño guardián aprobara ese reencuentro inesperado. Él me invitó a su despacho en un lugar cercano. Caminamos juntos unos minu...